domingo, julio 20, 2014

Siria.


El verano de 2004 viajé a Siria con unas amigas. Tengo un recuerdo emocionante de aquel viaje y del país que ví. Mi mirada de turista se quedó en la superficie de la realidad del país, pero sí profundizó en el viaje mismo. Desde ese punto de vista construí los recuerdos que trato de mostrar aquí.


Viajamos en un avión con una ventana de cartón que se vuelve roja cuando le da el sol.
Paloma viaja a mi lado; su asiento está mojado y hace todo el viaje sentada sobre un diario. Pilar y Virginia vuelan, juntas, más adelante y más adelante aún va Raquel, con alguien que no sabe quién es.
En el avión hay más gente levantada que sentada y un señor, con cara de sirio, enseña, al pasaje, un bebe, con cara de niño, que llora volando sobre nuestras cabezas y que debe ser hijo del hombre con cara de sirio y de una mujer sin cara que vuela sentada.
Paloma y yo volamos en la última fila y compartimos pared con el baño, y la cisterna no para, y hay nubes que ya no son blancas.
Llegamos a Damasco. Pisar esta ciudad es tan emocionante como un viaje en el tiempo. Lo primero que hacemos es ir a cenar, las emociones siempre sucumben ante el hambre. Cenamos en un restaurante lleno de brillos y vemos a las primeras mujeres árabes. Me impresionan sus ojos verdes y me impresiona solo verles los ojos, y verlas comer bajo el velo, y ver sus pantalones vaqueros y sus zapatillas deportivas aparecer por debajo de esa tela negra que solo deja que les vea los ojos.




El zoco central de Damasco es sorprendentemente silencioso. Por el techo, de uralita agujereada, se cuela la luz golpeando los escaparates de las pequeñas tiendas iluminadas con luz eléctrica.

















El gran patio de la Gran Mezquita Omeya de Damasco es pulido, constantemente, por cientos de pies descalzos. La piedra es suave, cálida y fresca a la vez. Los niños juegan sobre el patio y parecen flotar sobre sus reflejos. La mezquita es un centro social a la vez que religioso, en el patio todos compartimos el espacio, en el interior las mujeres y los hombres ocupan lugares separados, solo los turistas permanecemos juntos; los niños siguen jugando pero sus reflejos se han quedado en el patio.

















El Crac de los Caballeros es un antiguo castillo cruzado. Está situado en lo alto de una colina y parece una continuación de la misma, es una montaña de piedra sobre una colina de tierra. El interior es tan grande que cuando salgo me agobia la cercanía de las nubes. No podría decir cuantos campos de fútbol cabrían en su interior, pero ¡a quién le importa esto!


Continuará...



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